miércoles, 11 de abril de 2012

Derecho a morir como un ser humano, derecho a despedirse de tus seres queridos

Cuando surge este tema nos solemos referir a morir dignamente, a no vernos obligados a vivir hasta el último hálito en condiciones de sufrimiento extremas en las que ni siquiera podremos despedirnos de nuestros seres queridos, o nos referimos también a la eutanasia.

Pero hay un tema escalofriante, poco tratado y nada resuelto. Y es el de las muertes de los bebés en los hospitales. Hace dos días recibíamos la noticia de que una niña prematura de 6 meses fue declarada muerta por los médicos en el hospital en el que nació y ni siquiera se la dejaron ver a los padres. Se la llevaron a la morgue directamente. Un suceso dramático que aún tiene un final feliz, los padres insisten en ver a la niña transcurridas doce horas del parto, bajan a la morgue, hacen palanca en el cajoncito que la contiene y oyen gemir a la niña envuelta en escarcha. La noticia se puede leer aquí. Es inevitable acordarse de otra noticia parecida, el llamado bebé milagro de Australia, que puede verse aquí y que pareció recobrar la vida tras permanecer dos horas piel con piel con sus padres tras nacer.



Lo terrible de todo esto es la idea de si habrá más bebés que no hayan sido visitados por sus padres en la morgue tras haberlos dado por muertos los médicos, y si estos bebés hubieran vivido de haberse mantenido en los pechos de sus madres, piel con piel, por un tiempo, unas horas.

Esta duda y estos casos se evitarían si no hubiese tanta prisa siempre por parte del sector médico de hacerse cargo ellos de los bebés de otros. Si creen que el bebé no ha salido adelante, lo humano y lógico sería dejarlo en los brazos de los padres, ¿qué prisa hay por llevarlo a ningún otro lugar? Hay que reclamar que los hospitales se conciencien de que los hijos son de los padres, sentimentalmente hablando por encima de todos los demás aspectos, con lo que tienen derecho a despedirlos como lo sientan, aunque estén en un hospital. ¿Donde se da cabida a las creencias espirituales, a la concepción que sobre la vida y la muerte tiene cada familia, qué espacio le deja el sector médico a las familias para despedirse de sus seres queridos? ¡Que los seres humanos no nos convertimos en un simple trozo de carne cuando traspasamos la puerta de un hospital!

A mayor abundancia, hoy en día son bien conocidos los beneficios del llamado método Canguro para los bebés prematuros, de forma que bajo ningún concepto ningún bebé debería ser separado de su madre al nacer sin aparentes constantes vitales si ya médicamente consideran que no pueden ayudarle ni reanimarle. En este post de Mimos y teta se explica muy bien: http://mimosytta.wordpress.com/2010/09/30/el-dr-bergman-comenta-sobre-la-vuelta-a-la-vida-del-bebe-prematuro-declarado-muerto-el-bebe-milagro/.

Insisto, cuando a unos padres se les muere un bebé, ningún hospital del mundo ni ningún médico del mundo tienen ni el derecho a no dejárselo ver ni el derecho a llevárselo de sus brazos hasta que los padres quieran, éstos tienen derecho a despedirlo, a abrazarlo, a acunarlo y a llorarlo en sus brazos. Unas horas de despedida no es mucho pedirles a los médicos y hospitales cuando se les ha llevado en el vientre durante muchos meses…, tienen derecho a eso, tanto los padres como los bebés. ¿En qué mundo vivimos?

martes, 7 de febrero de 2012

Qué dice un padre tras leer al Dr. Dexeus

Mi situación profesional y familiar actual no me permite mantener este blog como me gustaría. Pero no puedo dejar de publicar estas palabras escritas por un padre tras leer las declaraciones del Dr. Dexeus sobre el parto:

He aquí dos perlas de la sabiduría contemporánea que, si bien fueron pronunciadas por el Dr. Dexeus en sendas entrevistas en el Diario ARA (http://www.ara.cat/societat/PART_NATURAL-mort-australia_0_639536214.html y http://www.ara.cat/societat/santiago_dexeus-carles_capdevila_0_623937678.html)
y, según él, sacadas de contexto, no son más que otra muestra del sentir y pensar de una gran parte de la comunidad sanitaria de nuestro país:



 "Esto bíblico de 'parirás con dolor' lo deberíamos dejar de pensar, y pienso que hacer el hippie en el momento del parto no es lo más correcto."

"Aparte de que las mujeres ya no tienen la condición física necesaria para este tipo de partos, se ha investigado mucho para evitar las complicaciones tanto para las madres como los hijos. Los partos en casa son una moda que implica correr muchos riesgos para la salud."

Tras el malestar e indignación que ha suscitado en ciertos colectivos femeninos, e incluso masculinos, este ginecólogo ha presentado una carta disculpándose y tratando de quitarle hierro al asunto aquí, lo cual me parece muy bien, aunque no oculta la realidad de su forma de pensar y de la de muchos de sus colegas, así como de parte importante de una sociedad sometida y fascinada por tan ilustres y sabias señorías.

En nuestra sociedad existe una lucha continua de poderes, políticos, financieros, religiosos, sanitarios, publicitarios, etc. Todos quieren comerse la mejor y mayor parte del pastel, esto es, mantener subyugado al mayor número de personas. Para ello utilizan multitud de estrategias. Muchas de ellas intentan embaucar a la gente, intentan dirigir sus pensamientos en la dirección deseada. Si no dan resultado, otras estrategias atacan directamente a las emociones. Provocan sentimientos de miedo, pánico, culpabilidad o cualquier otro que impulse a la gente a buscar refugio y protección, ¿y quién mejor para protegernos que aquel que ha creado el escenario que nos asusta  y que se nos presenta como la máxima eminencia en ese terreno? Como decía, estos poderes andan siempre peleados entre sí. Saben que los adeptos o sometidos a un poder lo pueden dejar de estar para pasar a estar sometidos a otro. No obstante, siempre hay parte de la sociedad que se resiste a estar sometida, que trata de vivir la vida siguiendo los dictados de su conciencia, que trata de aprender de la observación y la reflexión, que tiene como modelo perfecto a la madre naturaleza. A este tipo de individuos, unos y otros poderes los denominan de muchas maneras: pobres diablos, inconscientes, irresponsables, rebeldes, etc.

Podemos ver, por ejemplo, en el texto de la primera entrevista del Dr. Dexeus -representante del poder sanitario- cómo arremete, primero contra el poder religioso diciendo, "Esto bíblico de 'parirás con dolor' lo deberíamos dejar de pensar", y después, directamente contra la libre elección de los individuos: "hacer el hippie en el momento del parto no es lo más correcto". El poder sanitario está lanzando un ataque, una estrategia, para dirigir el pensamiento de las personas, previniéndoles de no dejarse llevar ingenuamente por dogmas religiosos, y tachando de inconscientes e irresponsables a aquellos que opten por un parto no controlado por el poder sanitario. En el texto de la segunda entrevista, utiliza estrategias dirigidas a las emociones. Al decir "las mujeres ya no tienen la condición física necesaria para este tipo de partos", intenta provocar un sentimiento de inseguridad y aceptación de unas condiciones propias no idóneas; asumiendo esto, el resto del camino para llegar a la sumisión es de lo más sencillo. A continuación, con  un "se ha investigado mucho para evitar las complicaciones tanto para las madres como los hijos", se está presentando como el poder que puede protegernos y facilitarnos la vida. Con esta frase y la anterior está tratando de crearnos una dependencia aceptada. Finalmente, con "Los partos en casa son una moda que implica correr muchos riesgos para la salud", utiliza la última y más efectiva estrategia, el miedo.

Tal es el grado de convencimiento que entre tanto poder suelto han llegado a crear en la sociedad que, ya sea por convencimiento, comodidad, disciplina, responsabilidad o miedo, la gente normalmente no quiere salirse de un camino previamente trazado por otros y por el que andan feliz e ingenuamente libres, fortaleciendo el poder de quien vela por ellos en su caminar.

¿Qué es necesario para respirar? un ser vivo con pulmones y una atmósfera con oxígeno.
¿Qué es necesario para comer? un ser vivo con sistema digestivo y alimentos a su alrededor.
¿Qué es necesario para parir? un ser vivo con un sistema reproductor femenino y un bebé ya desarrollado en su interior.

En el caso del ser humano, tanto para éstas como para otras funciones vitales, una evolución de millones de años ha permitido su mejora y adaptación a las cambiantes circunstancias de nuestro entorno y forma de vida. Nadie pues, puede mejor que el propio cuerpo realizar cada una de esas funciones con la máxima perfección y con el menor riesgo para la vida. Ninguna persona sana necesita acudir al hospital para respirar conectado a una botella de oxígeno. Ninguna persona sana necesita acudir al hospital a que le alimenten mediante una sonda. Y una mujer sana ¿necesita acudir al hospital para dar a luz? absolutamente, NO. Simplemente debe dejar actuar a la naturaleza, dejar que su cuerpo dé a luz sin oponer resistencia, igual que permite a sus pulmones llenarse o vaciarse de aire sin intentar controlar el proceso, precisamente todo lo contrario de lo que se intenta en la mayoría de nuestros hospitales, que es controlar todo el proceso. Para ello necesitan que la mujer se someta completamente a las órdenes de los especialistas, cuando la única especialista es ella. Necesitan que su cuerpo se coloque de tal manera que resulte cómodo para ellos trabajar, aunque para madre y bebé sea lo más antinatural y complicado. Necesitan que no les moleste con sus voces o nervios. Necesitan que el proceso se desarrolle en el momento que ellos hayan dispuesto, no en el que la naturaleza haya preparado; así ellos pueden ajustar sus calendarios, sus citas y sus fines de semana. Pero eso sí, el hombre blanco tiene una medicina que hará que la mamá no sienta, ni sufra, ni corra peligro mientras tiene lugar el parto, y de esta manera, se crea la dependencia entre una y otro. Y llega un momento en que la dependencia es tal, que se sustituye el parto por una operación quirúrgica. En España en 2009 hubo un 24% de cesáreas en hospitales públicos y un 40% en centros privados, siendo el 15% las recomendaciones estimadas por la OMS, ¿quizás tenga razón el Dr. Dexeus y las mujeres ya no estén preparadas para parir, pero ya ni siquiera en hospitales, si no es mediante extracción quirúrgica?

El lugar donde tenga lugar el parto no es indiferente, puede haber unos sitios más adecuados que otros, cada uno puede tener sus ventajas y sus inconvenientes. Es cierto que un hospital puede ofrecer más medidas de seguridad ante un imprevisto de riesgo, pero también es cierto que muchas veces esos imprevistos tienen lugar precisamente por la forma en que se desarrolla el proceso en el hospital de forma tan poco natural. Lo ideal sería la existencia de paritorios, donde se dispusiera de unas condiciones adecuadas al parto natural, sin instrumentalizar, pero con la posibilidad de poder intervenir cuando sobreviniese algún riesgo inesperado. Supongo que eso es por lo que tendría que lucharse en este país, conseguir que nuestros niños comiencen su bagaje por el mundo de una forma feliz y natural.



Con respecto al Dr. Dexeus, nada que decir en contra suya. Forma parte de un poder establecido en una sociedad que se lo permite. Opino que es bueno que existan personas como él, que de vez en cuando sueltan lo que llevan dentro y sin proponérselo nos escandalizan al hacernos tomar consciencia del mundo en el que vivimos; porque, de repente, nos recuerdan que somos autómatas que sin querer vivimos alimentando a los poderes que nos someten. Está bien, porque cuando la sociedad está perdiendo su poder de reacción, es el propio enemigo quien nos espolea y ayuda a no bajar la guardia.

Gracias de corazón, doctor. No es necesario que se justifique ni pida disculpas a nadie. Se lo digo con toda la sinceridad del mundo. Gracias por el impulso que con sus palabras da a nuestras mujeres para que reclamen lo que les pertenece, a ellas como mujeres y a la Humanidad como una especie más en la Naturaleza.

viernes, 25 de noviembre de 2011

¿Conciliación famiqué? O el no-derecho de los niños.

Me siento triste y preocupada, por nuestro futuro y por el de nuestros hijos. Creo que nunca en la historia de la humanidad los bebés han sido tan poco cuidados como en la actualidad. Sí, nuestros antepasados humanos eran más brutos, dirán algunos, sí, pero las madres conservaban su instinto maternal y protegían a sus crías. Ahora los bebés tienen de todo, dirán otros, sí, de todo menos lo que necesitan, el calor, el abrazo y la mirada de su propia madre, la única persona en la que confía plenamente el bebé al nacer.

Hay comentarios de todos los colores con la renuncia de Sáenz de Santamaría a su baja maternal, que ha aceptado gestionar el traspaso de poderes a 11 días de haber dado a luz. Parece que está dando de mamar a su bebé, pero ¿por cuánto tiempo puede mantener una mamá una lactancia en condiciones y ese cargo tan estresante? Y ¿de qué tipo de hormonas estará repleta la lactancia de ese bebé?, ¿de las que produce el cuerpo cuando la madre siente tranquilidad, reposo y la felicidad al ver que otros cubren sus espaldas y le ayudan?, ¿o todo lo contrario?

Que está muy bien que la mujer elija en lo que sólo le competa a ella, pero parece que la elección es sólo entre los únicos factores que parecen interesar cuando de conciliación laboral y familiar se trata: “entre los derechos de la mujer y los del representante público”, afirma la portavoz del PSOE Carmen Montón (http://www.elpais.com/articulo/sociedad/derecho/libertad/ejercerlo/elpepisoc/20111125elpepisoc_2/Tes ). ¿Y los derechos de los niños, de su hijo, de su bebé con tan sólo 11 días de vida? ¿Una salus es lo que necesita un niño al nacer, a su padre por muy buena voluntad y cariño que ponga? ¿Va a velar Mariano Rajoy por los derechos de nuestras familias y nuestros hijos, de las familias que sí quieren recibir a sus bebés a la vida como merecen todas las horas que les permita la ley, por los derechos de los niños que sí necesitan a su mamá 24 horas durante muchos más días que once? ¿Cómo va a respetar esos derechos un presidente que le pide a una mujer recién parida que acepte el estresante cargo de dirigir el traspaso de poderes? La respuesta es que no le importan lo más mínimo.
Así, las ambiciones personales son las que tienen prioridad, las de Mariano Rajoy porque confíe en Santamaría para esta labor y las de Santamaría porque le suponga un billete para la vicepresidencia, vaya usted a saber, pero en cualquier caso nadie habla del derecho de ese bebé: a oler a su mamá y sentirse seguro con ese olor, a tocar esa piel tan suave y cuyo tacto le procura tantas endorfinas, a tomar tetita a demanda que es como la naturaleza lo tiene previsto para que el bebé esté nutrido a nivel físico, mental y emocional, al calor de su mamá que no es el mismo que el calor de nadie más en el mundo porque sólo su mamá tiene las hormonas precisas que la naturaleza da en el puerperio para que las hembras mamíferas den a sus hijos todo lo que necesitan y en la forma en que lo necesitan.
El anterior artículo de El País dice también: "La casualidad,... ha hecho que Sáenz de Santamaría sea madre justo en un momento irrepetible en su vida profesional...", como si su hijo pudiera ser recién nacido cada fin de semana… Pues no, la condición de bebé es también algo irrepetible, tanto para él como para su madre. La sociedad debería proteger eso con uñas y dientes, toda la sociedad, de forma que un político aislado no se atreviese nunca a hacer lo que ha hecho Mariano Rajoy. Lo debería proteger por su propio bien, por el futuro equilibro emocional y mental de los niños, que serán los políticos, médicos y vicepresidentas del futuro...
Cuando la catedrática Chinchilla dice en el artículo que “el de la número dos del PP es un trabajo intelectual para el que no es imprescindible estar presente, se puede trabajar desde casa por teléfono.”, ¡me parece que no comprende lo que supone ser madre y dar lactancia a demanda, pese a que tenga una hija, o no comprende lo que es ser la número dos de un partido político recién elegido para gobernar en un país al borde del rescate económico!!
Si se eligiese ir a trabajar con el bebé a cuestas, el bebé  tendría satisfechas sus necesidades, pero no, el bebé se queda en casa con una mujer desconocida y una voz semi conocida que es el padre. Esta madre ni tiene necesidad económica imperiosa de ir a trabajar ni puede llevarse a su bebé, aunque ¿cómo podría llevárselo a un trabajo que implica el estrés tan brutal que va a tener esta señora durante una buena temporada? No le deseo ese puerperio a nadie, ni por ella ni por su hijo, que va a sentirse inevitablemente igual.

Me parece una tremenda hipocresía política que el mismo partido que defiende el derecho a la vida de los niños y que quiere cambiar la ley del aborto, no defienda el derecho de los niños a una vida digna nada más nacer, con los cuidados que merece cualquier mamífero, una vida que empiece equilibrada y sana para que pueda formar parte de una futura sociedad menos desquiciada y más acorde con lo que de verdad importa en la vida.

sábado, 5 de noviembre de 2011

¿Cómo transmitimos valores a los niños? ¿Y cuáles son?


No olvidaré esos segundos o minutos, no sé exactamente qué fueron, porque el tiempo se ralentizó en modo “record on”. Habíamos asistido a la primera clase, no importa mucho de qué, llamémosle  yoga, gimnasia o psicomotricidad.
Comienza la clase según las expectativas, todo es dulzura, comprensión, sonrisas, juegos…, y los movimientos que se supone que forman parte de la clase van siempre muy bien hilvanados en una historia que va contando la profesora mientras lo escenifica todo con aire teatral impecable, con mañas de buen cuentacuentos. Incluso cuando algún alumno, llamémosle Alumnillo, porque si el más pequeño debía­­ medir 70 centímetros de ternura, el más alto no creo que pasase del metro veinte, cuando algún Alumnillo, decía, concluía que lo mejor era salirse de su colchoneta o permanecer sentado en ella sin imitar la sucesión de movimientos, la profesora no lo tomaba en cuenta y seguía felizmente con la clase.
En un momento determinado aquella se levantó a buscar un objeto con tono intrigante y voz de sorpresa. Incluso las madres estábamos ilusionadas, ¿qué será? Y trajo un muñeco muy original que gustaría a cualquier niño, un dispensador de caramelos cuya cabeza era una calabaza de Halloween, con el atractivo añadido de realizar un llamativo sonido si se agitaban de lado a lado los martillitos que tenía por orejas. Una niña, llamémosle Niña, se entusiasmó especialmente con él. Pero tuvo que resistirse a ir a cogerlo, y aguantar su turno para tocarlo e incluso hacerlo sonar, y con sólo dos años tuvo que soltarlo a manos del siguiente niño en la ronda, algo que sorprendentemente hizo sin demasiada dilación. Terminada la ronda, el juguete volvió a la bolsa de la que había salido y sólo quedaron decenas de pequeños deditos ávidos de tenerlo de nuevo entre sus manos. La tentación estaba servida. La Niña no paraba de pedir bajito el juguete a su mamá, pese a que la clase seguía, hasta que, sorpresivamente, la clase acaba con el anuncio por parte de la profesora de una entrega de premios. Los premios eran muñecos como el que había sacado antes, había más, pero sólo para la mitad de los niños asistentes, ¡¡para la mitad que mejor se hubiese portado!!

En ese momento se me cae la clase encima, mis expectativas, no entiendo nada y me replanteo a qué clase he asistido, pues no he visto a niños que se “portasen mal”. ¿Cuál sería el criterio seleccionador elegido por la de pronto autoproclamada Maga Superpoderosa Entrega-Premios? Empezó a pedir sinceridad a los niños para que ellos mismos fuesen los que dijesen qué niños eran merecedores de los regalos. Una de las madres me miró con sonrisa pícara y de reojo, y con la boca pequeña dijo que “yo si fuera ellos diría que yo”, señalándose con la mano.  
Y si la Niña, tan visiblemente entusiasmada con el muñeco, no era elegida para merecer el premio según esos crípticos criterios, ¿qué lección debía aprender si ni siquiera los conocía? Y los demás niños, ¿tendrían más información sobre lo que significaba  “portarse bien” allí, en aquel contexto, para la Maga Superpoderosa Entrega-Premios? ¿Y cómo se sentirían si no eran elegidos como merecedores del tentador regalo, cómo de “malos”, o más exactamente, cómo de “mal” se sentirían en sus corazones apenas iniciados en lecciones de vida? Yo misma me sentía ya muy mal y de pronto los niños no elegidos se sintieron mucho peor,  al ser los descartados, los malos, los no merecedores, los que quedan fuera, los señalados con el dedo, los de un mal ejemplo…  La Niña había recibido un muñequito de la profesora, pero creo que ni ella ni yo podíamos comprender los merecimientos del premio.
Una de las niñas no elegidas, llamémosla Niña Que Llora, empezó a llorar desconsoladamente y a decir que no quería volver. Muy amargamente resbalaban las lágrimas por sus mejillas pálidas, habíamos cruzado una mirada intensa en un momento anterior de la clase, y volví a mirar esos ojos ya inundados, ahora nada intensos, perdidos y solos: a falta de su madre, la profesora la intentaba consolar prometiéndole ese mismo juguete en la próxima clase, arguyendo que había uno para cada uno  y que los que no lo habían recibido hoy, lo recibirían el próximo día. Entonces, me preguntaba yo, qué sentido tenía el negárselo hoy, ¿y si el próximo día se vuelve a “portar mal”, se lo dará de todas formas? ¿Qué se supone que ha de aprender la Niña Que Llora, si la profesora habla de que tiene que haber límites y eso es un límite? A mí se me antojó un límite pedagógico de la profesora, que tal vez no tenía otra forma de obtener motivación de determinados alumnos o a la que no se le ocurría intentar averiguar por qué determinados niños no habían seguido la clase a pies juntillas, si es que era eso lo que esperaba de ellos. Pero a la Niña Que Llora le debían patinar las neuronas en un intento de comprender, si es que le quedaban fuerzas pese a la ofuscación y el dolor que sentía.   
A la Niña, su mamá le preguntó si le quería regalar el muñeco a la Niña Que Llora, que estaba muy triste porque no le habían dado uno. Como era de esperar, la niña contestó que no. Una vez más se lo volvió a preguntar la madre antes de salir de la clase, obteniendo la misma respuesta.  
Pronto vimos a la Niña Que Llora fuera de la clase, derrumbada en las piernas de su abuela, llorando sin consuelo, sintiéndose la más desdichada. La profesora le explicaba enseguida a los abuelos el motivo de su llanto, intentando que comprendieran que no había otra. Yo seguía sin entender, todo parecía demasiado arbitrario, demasiado duro para la Niña Que Llora, que verbalizaba para su abuela entre llantos que, por mucho que lo intentase, no conseguía mantener el equilibrio,  y también arbitrario y duro para los  otros niños “sin premio”, aunque quizá no tuviesen su misma capacidad para expresar sentimientos. Una vez más, la mamá de la Niña, que tenía su muñeco en la mano, le preguntó si quería regalarle el muñeco a la Niña Que Llora, pues ésta se sentía muy mal. Y esta vez dijo “sí”.  

Ahí se ralentiza ese día, es cuando observo cómo la Niña se separa varios metros de su madre y cruza un espacio desconocido para alargarle el muñeco a la Niña Que Llora. Tan descolocada se queda que deja de llorar en el acto, pero no se atreve a cogerlo, pese a que su abuela le insiste. La profesora mira estupefacta a la madre de la Niña, la madre  asiente, la Niña sigue insistiendo empujando el muñeco contra la mano de la niña que ya no llora. Y es aquí donde yo empiezo a llorar en silencio, emocionada. La profesora le cuelga la etiqueta de Santa a la Niña y se va. La madre tiene que acercarse finalmente porque parece que sin su consentimiento no sea válida la transacción para la Niña Que Ya No Llora, como si la Niña no supiera lo que está haciendo, como si no tuviera capacidad de decidir qué hace y a quién regala sus juguetes, tal es la distorsión que ya han ido bebiendo nuestros niños, que hasta ellos llegan a creerse que sin la aprobación de los adultos no son capaces de cosas importantes.
Y sin embargo, nada más lejos de la realidad. La llamada Niña tenía un poder muy grande en sus manos, el de arreglarle el día a la Niña Que Ya No Llora, el de plantar una semilla  que disipase la ira y el sentimiento de injusticia de su corazón, el de darle motivos para sonreír, el de evitar que llegase a su casa sin la sensación de ser inútil o menos válida (poseer el juguete ya era lo de menos), el de generarle sentimientos de agradecimiento, el cese inmediato de su llanto y de su dolor. Qué importante parece todo eso, y sin embargo no necesitó el consentimiento de nadie para llevarlo a cabo, sólo sus piececitos que la llevaban hasta la niña que ya sonríe, sólo sus manitas que regalaban con insistencia el juguete, sólo su deseo de consolar a esa niña, sólo la semilla de la compasión*.
Para los que llegaron hasta este párrafo sintiendo de forma negativa el que la niña se quedase sin su juguete al regalarlo, haremos un truco de magia para que se haga visible  lo oculto: selecciona con el cursor sin soltarlo desde aquí

A petición de la abuela, la Niña Que Ya No Llora le regaló un sonoro beso a la Niña, cosa que no ocurre ni muchísimo menos todos los días; apuesto además a que debió sentir en su cuerpecito un torrente energético de agradecimiento de la nueva dueña del juguete; y, por si fuera poco, había tenido la especial oportunidad de caminar por una nueva senda, no sólo de compasión, sino también de poder, al poder aliviar de su sufrimiento a otros, y de plantar semillas, y de experimentar qué se siente cuando alguien nos mira agradecido. ¡Cuántos regalos impagables para un solo día! Conociéndola ahora, tendrá la oportunidad de volver a recorrer esa senda más veces, si es de su elección.
… hasta aquí.

Quien siembra vientos, recoge tempestades.

*La palabra compasión proviene del latín cumpassio, cuya raíz  es en  latín passio, que significa sufrir, lo cual vendría a traducir compasión por “sufrir con” o “sufrir juntos”.

Más sobre el tema:

sábado, 22 de octubre de 2011

MUJER-MADRE, en mayúsculas.

Podría parecer a primera vista que esos padres celosos del tiempo y del futuro de sus hijas, con “a”, tenían razón al ver con mala cara como éstas invertían su juventud estudiando durante años carreras y obteniendo títulos universitarios. Que al final no ibas a ejercer, o que cuando te casases dejarías de trabajar, o a lo sumo cuando fueses madre, eran los argumentos disuasorios más comunes.

Pese a ello muchas chicas lucharon, además de por aprender y titularse, por vencer la resistencia familiar, por demostrarles que no tenían razón y que sí llegarían a ser profesionales de aquello que estudiaban. Laura Gutman seguro que coincidiría en pensar que estas mujeres en el puerperio serían de las más vulnerables al encontrarse con su propia sombra.

Y sí, tal vez el puerperio en ellas sea más cuesta arriba, requiera de una mayor reflexión, sobre todo si esas madres se han planteado una lactancia a demanda y aparcar durante un tiempo la vida profesional para centrarse en la vida familiar y, más concretamente, en la maternidad. Pero tal vez si lograron llegar hasta él sin perder el instinto del todo, sepan tirar del hilo de la madeja adecuado para ir desenredando la maraña de sentimientos encontrados que produce sentir de pronto que, tanto que hubo que luchar para salir de la casilla de “sus labores”, en el instituto, en casa, en la universidad, con la oposición y falta de apoyo familiar, y ahora hay que luchar para entender por qué, con un tierno ser que suspira mientras se nutre de nuestro abrazo y se alimenta de nuestro pecho, todo lo demás sobra.

¿Qué está ocurriendo? ¿Es que tanto cambia la maternidad a una mujer? Sí, la cambia, o la puede cambiar, poner cabeza abajo, panza arriba o por fin de pie, con los pies en la tierra más asentados que nunca, con la cabeza más borracha que nunca de amor tal vez pero al mismo tiempo más conectada en sus intrincados laberintos neuronales con los instintos primarios y básicos del ser humano.

Y cuando pasa un tiempo y llega la reflexión madura de todo lo anterior, cuando se profundiza en las consecuencias de la crianza, en lo que los seres humanos necesitan a todos los niveles mientras crecen, estas mujeres pueden darse cuenta de que son unas madres especialmente cualificadas, precisamente también por lo que estudiaron, también por lo que tuvieron que luchar, por lo que obtuvieron al no claudicar ante las presiones familiares, la certeza de que luchando algunas veces se consiguen nuestros sueños. Y aunque parezca bastante improbable que una madre pueda aplicar conocimientos de derecho laboral o de biología molecular de los que adquirió en su carrera universitaria o de los que practicó en su profesión, todo eso en realidad dota a las madres de un bagaje personal enriquecido, si se sabe mirar, que nutre en muchos sentidos a los hijos que está criando.

Una madre que en su mirar al hijo, en su sonreír, en su mimarle y en su cambiarle pañales, en su alimentarle de comida, y en su pensar en él, contiene todo lo que aprendió, toda la perspectiva social que eso le aportó, toda la perspectiva humana que adquirió en sus años de estudio y profesión, todas las películas que vio, todos los libros que leyó, todo lo que escribió, todo lo que vivió experimentando más amplia y profundamente la vida que si se hubiese plegado a la limitación familiar o social de “sus labores”, todo eso, en fin, revierte en una MADRE, en su sentido extenso de la palabra, mucho más cualificada y enriquecida para dar mucho más a sus hijos.




Pero si ahí acabase el rizo, sería relativamente fácil. Aún hay que rizarlo más, porque en muy pocos años, nuestras sociedades han vivido unos procesos tan rápidamente cambiantes hacia el extremo contrario, operados incluso en las mismas personas que antes defendían la limitación femenina a “sus labores”, tan radicales en sus formas como faltos de solidez argumentativa. Y así, a una madre que decide dedicarse un tiempo en exclusiva o casi a la crianza de su hijo, se la mira con malos ojos, no se entiende que ponga en riesgo su trabajo, su carrera, su futuro profesional, que se conforme con un sueldo, que “se quede en casa”.

Parece que hoy exista prisa porque a los niños los cuiden lo antes posibles personas que no los conocen en absoluto para que las madres puedan irse corriendo a recuperar su vida laboral. Como si el puerperio no fuera lo que es: la mayor de las oportunidades que tiene una mujer para crecer, para comprender la vida de forma holística, para profundizar en el ser humano y para reflexionar desde una óptica privilegiada tanto su interior como todo lo que le rodea. Muchas madres se sienten inútiles, que están perdiendo el tiempo, que están tirando sus vidas en pos de la crianza de sus hijos cuando les dedican más que los cuatro miserables meses de baja por maternidad que nos “concede” la sociedad. Esos cuatro meses es un margen tan estrecho e insuficiente para crecer todo lo que tienen que crecer niño, madre, padre y hermanos, que queda patente el gran desconocimiento que existe sobre la verdadera dimensión del puerperio y la crianza de los bebés.

Si además la madre dedicó muchos años de esfuerzo académico y otros tantos de esfuerzo profesional en hacerse un hueco en el terreno laboral, resulta una heroicidad que crie a su hijo sin caer en una depresión de caballo, que no tire la toalla y le estallen los resortes de estabilidad emocional y que pueda poner un poco de orden y concierto a sus ideas y sentimientos entre tanto embrollo, habida cuenta del especialísimo estado subjetivo en el que nos sitúan las hormonas tras dar a luz.

Si al final la mujer-madre sale airosa de este doble looping, no puede existir en el mundo profesional más cualificado para la crianza que ella, no existirá profesional mejor remunerado a la larga que ella, aunque aquí el dinero no sea la moneda de cambio, no existirá hijo más suertudo que el suyo ni podrá escribirse con mayúsculas más grandes aquello en lo que se habrá convertido: una MUJER-MADRE.

Rutinas rutinarias

A medida que pasan los meses mi hija me va demostrando que todo, absolutamente todo, tiene un impacto positivo o negativo en sus vidas, las vidas de esos seres pequeñitos que van creciendo a nuestra imagen y semejanza. En general siempre he sido bastante reflexiva, y ahora, con mi hija, tengo material de reflexión para cuatro vidas. Cada día aprendo algo, o varias cosas, y la vida adquiere cada día matices nuevos, se abren horizontes insospechados allí donde parecía acabarse el paisaje.

Llevo tiempo dándole vueltas a eso de las rutinas en los bebés y en los niños. A mí la palabra rutina nunca me gustó. Será por eso que cada vez que leía o escuchaba que es importantísimo que los bebés tengan sus rutinas desde el día siguiente de nacer, sentía como mínimo incredulidad. Supongo que habrá algunas personas, e incluso algunos bebés, a los que las rutinas les hagan bien. Tal vez necesiten alguna referencia, las rutinas, si la vida que les rodea en otros aspectos suele ser demasiado cambiante como para que se sientan cómodos.

¿Pero es saludable que los bebés y niños crezcan llenos de rutinas? La hora del baño, la de la comida, la de sentarse a hacer sus necesidades, la de la siesta, la de lavarse los dientes… Siempre de la misma forma, oyendo la misma canción para dormirse, tomando el mismo biberón de siempre y haciendo el mismo ritual inamovible de siempre para despedirse de sus padres e irse a dormir. Y mañana más. ¿Más? ¡¡Qué aburrimiento!!


He leído que es importante que los niños sepan a qué atenerse en cuanto a su agenda diaria, que eso les aporta seguridad. Y creo que tal vez sea porque tendrían que tenerla de antemano independientemente de su agenda. Si tienen una figura de apego y saben que la van a tener a mano ante cualquier momento en que necesiten protección o cuidados, ¿no sería más divertido y estimulante que el resto de cosas pudieran venir sin estar previstas y siendo cambiantes algunos días? ¿Dónde aprenden los niños a saborear el factor sorpresa de la vida, a lidiar con la incertidumbre y a vivir de forma creativa? Seguramente que en la niñez. Pero si su vida está llena de rutinas, seguramente su pensamiento crecerá rutinario. He oído hablar de personas que odian las sorpresas, incluso conozco bien a una. Personas que se angustian a veces de forma obsesiva con la imprevisibilidad de los acontecimientos, que necesitan tenerlo todo atado y bien atado, controlado, para descansar por las noches. ¿Estamos seguros de que esas personas nacieron así? O tal vez se fueron estrechando su capacidad de admitir las novedades, su dominio de los imprevistos y su espontaneidad ante lo inesperado a medida que fueron creciendo rodeadas de límites.


Es como el cinturón de seguridad. Nunca lo usé con buena cara antes de que naciese nuestra hija. Después me lo puse siempre para contribuir a que tenga una mamá durante muchos años. Nos da seguridad ante un accidente, pero nunca sentiremos que viajamos con tanto placer como cuando vamos en un barco, en bicicleta o en una moto. Es el placer de la libertad, del viento, del sol, de la noche si viajamos de noche y de sus estrellas, el sonido de las chicharras en verano…


La diferencia es que con el pensamiento no hay accidentes de tráfico y toda libertad se convierte en placer.

viernes, 21 de octubre de 2011

La teoría del Centésimo mono.

Tras un experimento con monos en una isla cerca de Japón, Lyall Watson desarrolló la teoría.
Watson quiso cambiarles la alimentación, que comiesen papas, pero al verlas sucias de tierra y barro, los animales las rechazaron.
Tras cierto tiempo, a una mona joven se le ocurrió llevar las papas al río y lavarlas antes de comerlas, y entonces las comió sin problemas, luego enseñó a los demás monos jóvenes a lavar las papas, casi como jugando.
Los monos mayores no aprendieron a hacerlo, excepto aquellos que tenían hijos jóvenes, quienes enseñaron el truco a sus padres.
Poco a poco, más y más monos fueron aprendiendo el nuevo comportamiento, y, un buen día, y súbitamente, toda la colonia estaba lavando las papas. Pero lo más sorprendente fue que a partir de ese día, los monos de otras islas, sin contacto con los anteriores, también habían aprendido a lavar las papas, incluso los monos deTakasakiyama, en pleno territorio de Japón.
Como si el nuevo conocimiento se hubiese expandido por el aire, alcanzando a toda la especie...


Watson consideró que cuando el mono número X había aprendido, se completó la Masa Crítica, es decir, el número de monos necesario para que toda la especie adquiera de pronto el nuevo conocimiento o la nueva conducta.
A esto se llamó "Teoría del Centésimo Mono". Watson dice en su libro que si un número suficientemente grande de personas (Masa Crítica) adquieren un nuevo conocimiento o forma de ver las cosas, esto se propagará por toda la humanidad.
Así se desprende que una sola persona podría completar la Masa Crítica, y desencadenar un nuevo conocimiento para toda la humanidad.

Por su trasfondo, por lo que implica el concepto de masa crítica, por lo que me gustaría que cambiaran determinadas cosas, me pareció que ése era el eje de este blog, su causa primera y última. ¿Serás tú el centésimo mono?

Extractado de aquí