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sábado, 22 de octubre de 2011

MUJER-MADRE, en mayúsculas.

Podría parecer a primera vista que esos padres celosos del tiempo y del futuro de sus hijas, con “a”, tenían razón al ver con mala cara como éstas invertían su juventud estudiando durante años carreras y obteniendo títulos universitarios. Que al final no ibas a ejercer, o que cuando te casases dejarías de trabajar, o a lo sumo cuando fueses madre, eran los argumentos disuasorios más comunes.

Pese a ello muchas chicas lucharon, además de por aprender y titularse, por vencer la resistencia familiar, por demostrarles que no tenían razón y que sí llegarían a ser profesionales de aquello que estudiaban. Laura Gutman seguro que coincidiría en pensar que estas mujeres en el puerperio serían de las más vulnerables al encontrarse con su propia sombra.

Y sí, tal vez el puerperio en ellas sea más cuesta arriba, requiera de una mayor reflexión, sobre todo si esas madres se han planteado una lactancia a demanda y aparcar durante un tiempo la vida profesional para centrarse en la vida familiar y, más concretamente, en la maternidad. Pero tal vez si lograron llegar hasta él sin perder el instinto del todo, sepan tirar del hilo de la madeja adecuado para ir desenredando la maraña de sentimientos encontrados que produce sentir de pronto que, tanto que hubo que luchar para salir de la casilla de “sus labores”, en el instituto, en casa, en la universidad, con la oposición y falta de apoyo familiar, y ahora hay que luchar para entender por qué, con un tierno ser que suspira mientras se nutre de nuestro abrazo y se alimenta de nuestro pecho, todo lo demás sobra.

¿Qué está ocurriendo? ¿Es que tanto cambia la maternidad a una mujer? Sí, la cambia, o la puede cambiar, poner cabeza abajo, panza arriba o por fin de pie, con los pies en la tierra más asentados que nunca, con la cabeza más borracha que nunca de amor tal vez pero al mismo tiempo más conectada en sus intrincados laberintos neuronales con los instintos primarios y básicos del ser humano.

Y cuando pasa un tiempo y llega la reflexión madura de todo lo anterior, cuando se profundiza en las consecuencias de la crianza, en lo que los seres humanos necesitan a todos los niveles mientras crecen, estas mujeres pueden darse cuenta de que son unas madres especialmente cualificadas, precisamente también por lo que estudiaron, también por lo que tuvieron que luchar, por lo que obtuvieron al no claudicar ante las presiones familiares, la certeza de que luchando algunas veces se consiguen nuestros sueños. Y aunque parezca bastante improbable que una madre pueda aplicar conocimientos de derecho laboral o de biología molecular de los que adquirió en su carrera universitaria o de los que practicó en su profesión, todo eso en realidad dota a las madres de un bagaje personal enriquecido, si se sabe mirar, que nutre en muchos sentidos a los hijos que está criando.

Una madre que en su mirar al hijo, en su sonreír, en su mimarle y en su cambiarle pañales, en su alimentarle de comida, y en su pensar en él, contiene todo lo que aprendió, toda la perspectiva social que eso le aportó, toda la perspectiva humana que adquirió en sus años de estudio y profesión, todas las películas que vio, todos los libros que leyó, todo lo que escribió, todo lo que vivió experimentando más amplia y profundamente la vida que si se hubiese plegado a la limitación familiar o social de “sus labores”, todo eso, en fin, revierte en una MADRE, en su sentido extenso de la palabra, mucho más cualificada y enriquecida para dar mucho más a sus hijos.




Pero si ahí acabase el rizo, sería relativamente fácil. Aún hay que rizarlo más, porque en muy pocos años, nuestras sociedades han vivido unos procesos tan rápidamente cambiantes hacia el extremo contrario, operados incluso en las mismas personas que antes defendían la limitación femenina a “sus labores”, tan radicales en sus formas como faltos de solidez argumentativa. Y así, a una madre que decide dedicarse un tiempo en exclusiva o casi a la crianza de su hijo, se la mira con malos ojos, no se entiende que ponga en riesgo su trabajo, su carrera, su futuro profesional, que se conforme con un sueldo, que “se quede en casa”.

Parece que hoy exista prisa porque a los niños los cuiden lo antes posibles personas que no los conocen en absoluto para que las madres puedan irse corriendo a recuperar su vida laboral. Como si el puerperio no fuera lo que es: la mayor de las oportunidades que tiene una mujer para crecer, para comprender la vida de forma holística, para profundizar en el ser humano y para reflexionar desde una óptica privilegiada tanto su interior como todo lo que le rodea. Muchas madres se sienten inútiles, que están perdiendo el tiempo, que están tirando sus vidas en pos de la crianza de sus hijos cuando les dedican más que los cuatro miserables meses de baja por maternidad que nos “concede” la sociedad. Esos cuatro meses es un margen tan estrecho e insuficiente para crecer todo lo que tienen que crecer niño, madre, padre y hermanos, que queda patente el gran desconocimiento que existe sobre la verdadera dimensión del puerperio y la crianza de los bebés.

Si además la madre dedicó muchos años de esfuerzo académico y otros tantos de esfuerzo profesional en hacerse un hueco en el terreno laboral, resulta una heroicidad que crie a su hijo sin caer en una depresión de caballo, que no tire la toalla y le estallen los resortes de estabilidad emocional y que pueda poner un poco de orden y concierto a sus ideas y sentimientos entre tanto embrollo, habida cuenta del especialísimo estado subjetivo en el que nos sitúan las hormonas tras dar a luz.

Si al final la mujer-madre sale airosa de este doble looping, no puede existir en el mundo profesional más cualificado para la crianza que ella, no existirá profesional mejor remunerado a la larga que ella, aunque aquí el dinero no sea la moneda de cambio, no existirá hijo más suertudo que el suyo ni podrá escribirse con mayúsculas más grandes aquello en lo que se habrá convertido: una MUJER-MADRE.