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sábado, 5 de noviembre de 2011

¿Cómo transmitimos valores a los niños? ¿Y cuáles son?


No olvidaré esos segundos o minutos, no sé exactamente qué fueron, porque el tiempo se ralentizó en modo “record on”. Habíamos asistido a la primera clase, no importa mucho de qué, llamémosle  yoga, gimnasia o psicomotricidad.
Comienza la clase según las expectativas, todo es dulzura, comprensión, sonrisas, juegos…, y los movimientos que se supone que forman parte de la clase van siempre muy bien hilvanados en una historia que va contando la profesora mientras lo escenifica todo con aire teatral impecable, con mañas de buen cuentacuentos. Incluso cuando algún alumno, llamémosle Alumnillo, porque si el más pequeño debía­­ medir 70 centímetros de ternura, el más alto no creo que pasase del metro veinte, cuando algún Alumnillo, decía, concluía que lo mejor era salirse de su colchoneta o permanecer sentado en ella sin imitar la sucesión de movimientos, la profesora no lo tomaba en cuenta y seguía felizmente con la clase.
En un momento determinado aquella se levantó a buscar un objeto con tono intrigante y voz de sorpresa. Incluso las madres estábamos ilusionadas, ¿qué será? Y trajo un muñeco muy original que gustaría a cualquier niño, un dispensador de caramelos cuya cabeza era una calabaza de Halloween, con el atractivo añadido de realizar un llamativo sonido si se agitaban de lado a lado los martillitos que tenía por orejas. Una niña, llamémosle Niña, se entusiasmó especialmente con él. Pero tuvo que resistirse a ir a cogerlo, y aguantar su turno para tocarlo e incluso hacerlo sonar, y con sólo dos años tuvo que soltarlo a manos del siguiente niño en la ronda, algo que sorprendentemente hizo sin demasiada dilación. Terminada la ronda, el juguete volvió a la bolsa de la que había salido y sólo quedaron decenas de pequeños deditos ávidos de tenerlo de nuevo entre sus manos. La tentación estaba servida. La Niña no paraba de pedir bajito el juguete a su mamá, pese a que la clase seguía, hasta que, sorpresivamente, la clase acaba con el anuncio por parte de la profesora de una entrega de premios. Los premios eran muñecos como el que había sacado antes, había más, pero sólo para la mitad de los niños asistentes, ¡¡para la mitad que mejor se hubiese portado!!

En ese momento se me cae la clase encima, mis expectativas, no entiendo nada y me replanteo a qué clase he asistido, pues no he visto a niños que se “portasen mal”. ¿Cuál sería el criterio seleccionador elegido por la de pronto autoproclamada Maga Superpoderosa Entrega-Premios? Empezó a pedir sinceridad a los niños para que ellos mismos fuesen los que dijesen qué niños eran merecedores de los regalos. Una de las madres me miró con sonrisa pícara y de reojo, y con la boca pequeña dijo que “yo si fuera ellos diría que yo”, señalándose con la mano.  
Y si la Niña, tan visiblemente entusiasmada con el muñeco, no era elegida para merecer el premio según esos crípticos criterios, ¿qué lección debía aprender si ni siquiera los conocía? Y los demás niños, ¿tendrían más información sobre lo que significaba  “portarse bien” allí, en aquel contexto, para la Maga Superpoderosa Entrega-Premios? ¿Y cómo se sentirían si no eran elegidos como merecedores del tentador regalo, cómo de “malos”, o más exactamente, cómo de “mal” se sentirían en sus corazones apenas iniciados en lecciones de vida? Yo misma me sentía ya muy mal y de pronto los niños no elegidos se sintieron mucho peor,  al ser los descartados, los malos, los no merecedores, los que quedan fuera, los señalados con el dedo, los de un mal ejemplo…  La Niña había recibido un muñequito de la profesora, pero creo que ni ella ni yo podíamos comprender los merecimientos del premio.
Una de las niñas no elegidas, llamémosla Niña Que Llora, empezó a llorar desconsoladamente y a decir que no quería volver. Muy amargamente resbalaban las lágrimas por sus mejillas pálidas, habíamos cruzado una mirada intensa en un momento anterior de la clase, y volví a mirar esos ojos ya inundados, ahora nada intensos, perdidos y solos: a falta de su madre, la profesora la intentaba consolar prometiéndole ese mismo juguete en la próxima clase, arguyendo que había uno para cada uno  y que los que no lo habían recibido hoy, lo recibirían el próximo día. Entonces, me preguntaba yo, qué sentido tenía el negárselo hoy, ¿y si el próximo día se vuelve a “portar mal”, se lo dará de todas formas? ¿Qué se supone que ha de aprender la Niña Que Llora, si la profesora habla de que tiene que haber límites y eso es un límite? A mí se me antojó un límite pedagógico de la profesora, que tal vez no tenía otra forma de obtener motivación de determinados alumnos o a la que no se le ocurría intentar averiguar por qué determinados niños no habían seguido la clase a pies juntillas, si es que era eso lo que esperaba de ellos. Pero a la Niña Que Llora le debían patinar las neuronas en un intento de comprender, si es que le quedaban fuerzas pese a la ofuscación y el dolor que sentía.   
A la Niña, su mamá le preguntó si le quería regalar el muñeco a la Niña Que Llora, que estaba muy triste porque no le habían dado uno. Como era de esperar, la niña contestó que no. Una vez más se lo volvió a preguntar la madre antes de salir de la clase, obteniendo la misma respuesta.  
Pronto vimos a la Niña Que Llora fuera de la clase, derrumbada en las piernas de su abuela, llorando sin consuelo, sintiéndose la más desdichada. La profesora le explicaba enseguida a los abuelos el motivo de su llanto, intentando que comprendieran que no había otra. Yo seguía sin entender, todo parecía demasiado arbitrario, demasiado duro para la Niña Que Llora, que verbalizaba para su abuela entre llantos que, por mucho que lo intentase, no conseguía mantener el equilibrio,  y también arbitrario y duro para los  otros niños “sin premio”, aunque quizá no tuviesen su misma capacidad para expresar sentimientos. Una vez más, la mamá de la Niña, que tenía su muñeco en la mano, le preguntó si quería regalarle el muñeco a la Niña Que Llora, pues ésta se sentía muy mal. Y esta vez dijo “sí”.  

Ahí se ralentiza ese día, es cuando observo cómo la Niña se separa varios metros de su madre y cruza un espacio desconocido para alargarle el muñeco a la Niña Que Llora. Tan descolocada se queda que deja de llorar en el acto, pero no se atreve a cogerlo, pese a que su abuela le insiste. La profesora mira estupefacta a la madre de la Niña, la madre  asiente, la Niña sigue insistiendo empujando el muñeco contra la mano de la niña que ya no llora. Y es aquí donde yo empiezo a llorar en silencio, emocionada. La profesora le cuelga la etiqueta de Santa a la Niña y se va. La madre tiene que acercarse finalmente porque parece que sin su consentimiento no sea válida la transacción para la Niña Que Ya No Llora, como si la Niña no supiera lo que está haciendo, como si no tuviera capacidad de decidir qué hace y a quién regala sus juguetes, tal es la distorsión que ya han ido bebiendo nuestros niños, que hasta ellos llegan a creerse que sin la aprobación de los adultos no son capaces de cosas importantes.
Y sin embargo, nada más lejos de la realidad. La llamada Niña tenía un poder muy grande en sus manos, el de arreglarle el día a la Niña Que Ya No Llora, el de plantar una semilla  que disipase la ira y el sentimiento de injusticia de su corazón, el de darle motivos para sonreír, el de evitar que llegase a su casa sin la sensación de ser inútil o menos válida (poseer el juguete ya era lo de menos), el de generarle sentimientos de agradecimiento, el cese inmediato de su llanto y de su dolor. Qué importante parece todo eso, y sin embargo no necesitó el consentimiento de nadie para llevarlo a cabo, sólo sus piececitos que la llevaban hasta la niña que ya sonríe, sólo sus manitas que regalaban con insistencia el juguete, sólo su deseo de consolar a esa niña, sólo la semilla de la compasión*.
Para los que llegaron hasta este párrafo sintiendo de forma negativa el que la niña se quedase sin su juguete al regalarlo, haremos un truco de magia para que se haga visible  lo oculto: selecciona con el cursor sin soltarlo desde aquí

A petición de la abuela, la Niña Que Ya No Llora le regaló un sonoro beso a la Niña, cosa que no ocurre ni muchísimo menos todos los días; apuesto además a que debió sentir en su cuerpecito un torrente energético de agradecimiento de la nueva dueña del juguete; y, por si fuera poco, había tenido la especial oportunidad de caminar por una nueva senda, no sólo de compasión, sino también de poder, al poder aliviar de su sufrimiento a otros, y de plantar semillas, y de experimentar qué se siente cuando alguien nos mira agradecido. ¡Cuántos regalos impagables para un solo día! Conociéndola ahora, tendrá la oportunidad de volver a recorrer esa senda más veces, si es de su elección.
… hasta aquí.

Quien siembra vientos, recoge tempestades.

*La palabra compasión proviene del latín cumpassio, cuya raíz  es en  latín passio, que significa sufrir, lo cual vendría a traducir compasión por “sufrir con” o “sufrir juntos”.

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