Para muchas personas no es
fácil lograr engendrar una vida en su interior. Pero para casi todas resulta
muy doloroso perderla. Hay muchos artículos y cartas escritos por madres,
algunos escritos por padres, que han pasado por estas pérdidas y que pueden
proporcionar consuelo a quien los lee. En mi caso nunca fue así. Sobrellevar el
dolor se convirtió al final en una forma de superarlo en sí misma, dejando que transcurriese
el tiempo, sabiendo que cada día la herida escocería un poco menos.
Algunas personas vemos en
cada experiencia dolorosa un aprendizaje. Y pese a ello, en las pérdidas
gestacionales cuesta muchísimo entender que haya lección alguna. Aún aceptando
que te haya tocado pasar por eso varias veces en la vida, resulta una realidad
muy difícil de digerir.
En
una de esas pérdidas, una amiga me escribió lo siguiente cuando fui capaz de
compartirla sin romperme de dolor:
“Hay veces en que nos suceden
cosas que son dolorosas, y aunque no sabemos muy bien por qué a nosotras, el
universo tiene sus razones. Cuando (me dijeron) que yo quedé embarazada dos
veces pero que uno se fue, me entró un inmenso dolor en el alma. No
entendí por qué se había ido. Medité y traté de buscar respuestas a mis
preguntas en las voces ancestrales femeninas, en la poderosa energía lunar que
nos embriaga, en mi guía espiritual, y me llegaron algunas respuestas. Hay veces en que las almas necesitan
depositarse en lugares antes de seguir su camino hacia quién sabe dónde,
sólo ellas lo saben. Quizás esos (…) seres
querían decirte algo, o beneficiarse de tu calma y de tu sabiduría, de alguna
emoción que tú emanas para proseguir por el sendero de la iluminación.
Siéntete feliz porque esos seres eligieron tu útero para este fin y estate
segura de que estás en los planes de la luna.”
Gracias, querida Kristina, por tus palabras, por tus meditaciones y por tu permiso para compartirlo con otras personas.
Si ese mensaje me caló
muy hondo fue porque me pareció una idea-semilla. Verdaderamente me
estremeció, como cuando se descubre algo muy especial. Me pareció una idea de
lo más hermosa, y elevadísima.

Por si ese mensaje pudiera caer en el olvido,
vino una nueva pérdida a sumarse a las anteriores, pero esta vez a una edad
gestacional del doble que otras veces. Y la falta de comprensión y el dolor fue
más del doble que otras veces, pese a la idea-semilla, pese a que se supone que
una tendría que estar ya un poco curtida en esta experiencia cuando ha pasado con
anterioridad por ella. En realidad, lo del doble de dolor es una licencia de
articulista, pues ese dolor no es cuantificable. Simplemente se nota en el
pecho al respirar, en cómo se entornan los ojos cuando uno mira el horizonte en
la playa y cómo se nos cae la cabeza hacia abajo aún después de mucho tiempo
cuando la realidad pellizca fuerte nuestro estómago. Fueron muchos días de esa
tristeza que no quiere saber de nada ni de nadie, que se encierra en sí misma
porque ni puede explicarse. Sólo la sonrisa de mi hija me hacía olvidar el
dolor. Y sólo ella supo enseñarme el camino de salida, conectarme con su
sabiduría y comprender al fin.

Cuando los soles y las lunas sucesivos vinieron
trayendo más calma a mi corazón, más aceptación y recuperación, fue cuando mi
hija entró en estado de sufrimiento muy grande sin causa aparente. Empezó a
estar enfadada desde que se despertaba sin nada que lo justificase, pidiéndome
que no volviese a venir la hermanita, mirando hacia mi tripa con cara de verdadero disgusto. Y
llegó hasta el punto de buscar motivos para llorar y llorar a lágrima viva, los
más absurdos, negándolo todo, enrabietada por todo, sin que yo lograra saber
qué le pasaba. Mis esfuerzos por comprender obtuvieron su fruto días después, cuando
por fin comprendí que ella estaba sacando ahora todo el dolor que yo le había
contagiado con mi sufrimiento por la pérdida. Fue verlo claro, preguntarle a
ella si ése era el motivo de su enfado, si era porque no quería que ninguna
hermanita volviese de nuevo a mi tripa a hacerme daño, decirme inmediatamente que
sí era eso lo que le pasaba y volver a ser la misma niña risueña, feliz y
cariñosa de siempre. Y ahí fue cuando lo sucedido se convirtió en enseñanza
irreversible: esos embarazos y sus posteriores pérdidas no vinieron a hacerme
daño, no lleva a ningún lado sentir tanto dolor que acabe afectando a mis seres
queridos; si un embarazo se va, pues se va, desconozco el motivo, pero eso no
quiere decir que no haya uno y bien importante además. Quién sabe si, a veces,
que no se cumpla lo que deseamos, es lo mejor que nos puede ocurrir.

Poco tiempo
después, me llegó este audio con la pregunta, ¿y tú qué piensas?: http://www.rtve.es/alacarta/audios/espacio-en-blanco/espacio-blanco-13-10-12/1551024/. En el minuto 54 comienza una entrevista a Sonia
Alonso, del proyecto Nacer y Renacer. En ella, y más concretamente a partir del
minuto 59, se expone de nuevo aquella idea semilla que viene a recordarme la
respuesta otra vez, sin que exista conexión entre las personas que me la
trajeron: “(tal vez) ese ser lo que necesita para completar su
experiencia y seguir creciendo sea vivir sólo un tiempo en el útero de una
mujer”. Incluso habla de que esta experiencia permitiría, a almas que se quedan
en un punto de no retorno, cerrar el ciclo viviendo en el útero de una mujer
que vaya a abortar voluntaria o involuntariamente, pudiendo así comenzar de
nuevo y acceder a la búsqueda de otros padres.
El acicate final para escribir este post es que me
vuelven a comentar hace unos días lo mismo, que están siendo muy numerosos los
abortos entre mujeres con conciencia en este momento y que tal vez tenga que
ver con ayudar a cerrar procesos de almas que han quedado colgadas y que
necesitan vivir esa experiencia. Según esa visión, podemos pensar que quizá se
trate de un servicio al universo...
Ojalá que esta idea sirva a otras mujeres y
familias que pasen por este incomprendido y aparentemente injusto proceso: no todo lo que le pasa a nuestro cuerpo de mujer
tiene que ver únicamente con nosotras, tenemos el poder de albergar vida en
nuestro cuerpo y con ello ofrecemos al universo la posibilidad de iluminar a
otros seres en su camino, que no siempre
vienen a nosotras para ser nuestros hijos, sino en ocasiones tal vez sólo para
recibir nuestro regalo de vida durante un breve espacio de tiempo.