"A quien madruga Dios le ayuda", "El trabajo
dignifica", "Ser alguien en la vida", como rezan los pies de las
jaulas de la imagen. Refranes y frases hechas que reflejan en forma de falsas
verdades la instauración de unas creencias que parecen interesar al conjunto de
la sociedad, cuando en realidad sólo interesan a los que necesitan que la
mayoría de la población madrugue, produzca y no dé la lata hasta que pueda
producir. Pero a poco que se piense, a uno puede irle muy bien sin madrugar, y
sin trabajar propiamente dicho, sino realizando una actividad que le gusta y
por la que consigue a cambio lo que necesita para vivir, y no hace falta
estudiar una carrera para ser alguien en la vida.
La imagen muestra claramente cómo la familia se disgrega diariamente
en favor de una forma de economía que produce grandes beneficios para unos
pocos y con eso da trabajo la mayoría de las veces precario para el resto. La
economía generalizada en nuestro mundo no está al servicio de la sociedad, no
nos hemos puesto de acuerdo en lo que es importante, sólo seguimos la
corriente. No es un sistema consensuado y consciente, es un sistema donde la
libertad de elección es una falacia, incluso para aquellos que obtienen pingües
beneficios económicos. Incluso la mayoría de éstos, han sido modelados para
obtener siempre más beneficios que el año anterior, a
precios socialmente muy altos, para sentir que son alguien en la
vida, para sentir que merecen ser respetados pese a la infancia que vivieron.
Como puede leerse en el libro Las voces del desierto, de Marlo Morgan:
"...vuestros negocios se crearon para que la gente colectivamente tuviese
mejores productos de los que podía conseguir por sí sola, y como un método de
expresar el talento individual y formar parte de vuestro sistema monetario.
Pero ahora el objetivo del comercio es seguir comerciando. A nosotros (los
aborígenes) nos parece extraño porque vemos el producto como una cosa real y a
las personas como cosas reales, pero el comercio no es real."
Y así es. Siempre he sentido que los bonos, la actividad bursátil y todos los
inventos que se montan para comerciar incluso con la representación del valor
de las cosas (actualmente el dinero), son una nube de nada, sustentada en el
azar y que nos está llevando a la ruina. Pero ésta es sólo un síntoma de una
ruina precedente, una ruina instalada en el propio corazón desde la niñez, que
impele a la mayoría de personas cuando son adultas a acumular sustitutos de las
carencias que tuvieron en su infancia.
Como individuos, cabe preguntarse si uno se está ganando la vida o lo
que ocurre es que la está perdiendo.
