Invariablemente, cuando se habla sobre si contar siempre la verdad o
no a nuestros hijos, surge el tema de Papá Noel y los Reyes magos. Las familias
que deciden mantener en secreto quién compra los regalos de Navidad, dicen
hacerlo muchas veces por mantener la magia de la Navidad en el corazón de los
niños. Yo misma fui mantenida durante unos años en ese engaño y me sentí muy
decepcionada al descubrir que me habían mentido burdamente. Pese a eso, la
Navidad me siguió fascinando y emocionado, así que siempre pensé que no merecía
la pena vivir una ilusión bastante increíble e incoherente durante un periodo
muy corto de tiempo a cambio de poner en entredicho la confianza en tus padres
para siempre. En mi propia piel y en mi hija a medida que crece, he visto que
no hace falta el engaño para creer en la magia de la Navidad. Pero es que si
nos fijamos, El Corte Inglés y demás comercios y marcas grandes han creado la
misma estrategia: inventan una frase irresistible... "la magia de la
Navidad" y ahí ya se acaba toda discusión. Juntar "magia" y
"Navidad" se convierte en un cóctel que parece que no admite
controversia: si a un niño le dices la verdad, ya no hay magia. Para mantener
la magia se cree necesario contarle una milonga bastante increíble, y parece
que da igual si resulta un poco insultante para la inteligencia de los niños
que les permitamos ver hasta cinco Papá Noel diferentes en el transcurso de
pocos días, y que les hagamos hablar con ellos incluso, y que esperemos que se
crean que son la misma persona. ¡Se dan cuenta perfectamente de que ahí no
cuadran las cosas!
Clases para ser Papá Noel en China
Por un lado, la magia en realidad está en la propia vida, el hecho de
vivir es el mayor acto de magia que existe. Pero si además le añadimos algunos
elementos, como la leyenda, los abetos, las bolas del árbol, las guirnaldas, el
acebo, los colores hermosos de Navidad, el humo de las chimeneas, la ilusión de
decorar la casa juntos, de planificar platos ricos y especiales en esas fechas,
los bombones y polvorones, la ilusión de que se acerca el día en que nos
reuniremos con la familia, en que cantaremos villancicos (a mí sólo esto ya me
puede emocionar hasta las lágrimillas), bailaremos juntos, veremos películas de
gran ternura y contenido humano, viviremos un espíritu de hermanamiento con
otras personas durante esa época..., todo eso ya es motivo para vivir la
Navidad con toda la magia posible.
Circunscribir la magia de la Navidad a saber o no quién paga realmente
los regalos que se reciben en Navidad, es un puro interés del consumismo mayoritario
de nuestra sociedad y de los padres abocados a ese consumismo. Imaginemos que
no existiese la figura de Papá Noel. Cuando los niños reciben algo que no
esperan, es más fácil echarles la culpa a ellos que a nuestra situación
financiera o a nuestras ganas de gastarnos dinero en sus juguetes, con una
simple pregunta o comentario: "quizá es que no te has portado muy bien o
no has obedecido siempre a los papás". Mi padre me dice que de niño nunca
recibía juguetes en Navidad, sólo calcetines, guantes, etc., así que su
frustración era más fácilmente controlable y consolable si el culpable del
desaguisado y de su frustración era Papá Noel y no sus padres. Además, esa
magia de la Navidad ofrece a los padres un mecanismo adicional de control sobre
el comportamiento del niño: si Papá Noel te trae pocas cosas, es que tienes que
obedecer más a tus padres y portarte mejor. Y eso es porque Papá Noel no pide
más comida en la mesa ni los Reyes Magos que les dejemos unos zapatos más
limpios en la ventana para que nos traigan más regalos. Según se le dice a los
niños, tanto uno como otros traen más o menos regalos a los niños dependiendo
de cómo los niños sean de obedientes y diligentes con sus propios padres.
Y más aún, el origen de todo esto, tristemente, está en el consumismo por
el que en una época del año parece obligatorio hacer muchos regalos. Las
familias hacen un gasto desorbitado en esos pocos días de Navidad. Ya se las
ingenia toda la industria y el motor del consumismo para que con la creación de
frases mágicas, películas ad hoc, anuncios y una campaña de marketing a nivel
planetario, los padres se vean literalmente obligados a celebrar la Navidad
necesariamente incluyendo un montón de regalos a sus hijos y familiares. Un día
me encontré con esta respuesta en google a por qué se gastaba tanto dinero en
Navidad. Me pareció tan acertada que la copio aquí:
“Dos cosas que resultan una paradoja:
1-La navidad es una fecha que conmemora un acontecimiento histórico en el cual se realizaron regalos (los reyes magos). Por lo tanto, desde el origen, está asociada al gasto por entrega.
2-De esa religiosidad cristiana primitiva, hoy la navidad está integrada a "la religión del capitalismo" y también implica un gasto por entrega a los seres queridos.
Por lo tanto, religión y economía, en este acontecimiento van de la mano. Y son dos gastos innecesarios; pero instituidos como mito y lógica socio-cultural.”
1-La navidad es una fecha que conmemora un acontecimiento histórico en el cual se realizaron regalos (los reyes magos). Por lo tanto, desde el origen, está asociada al gasto por entrega.
2-De esa religiosidad cristiana primitiva, hoy la navidad está integrada a "la religión del capitalismo" y también implica un gasto por entrega a los seres queridos.
Por lo tanto, religión y economía, en este acontecimiento van de la mano. Y son dos gastos innecesarios; pero instituidos como mito y lógica socio-cultural.”
Las peguntas de todo Rey Mago o Papá Noel que se precie cuando el niño
se sienta en sus piernas siempre son: "¿qué le has pedido a los Reyes/Papá
Noel? ¿Pero te has portado bien este año? Como si la Navidad fuese
un examen de conciencia sobre su comportamiento durante el último
año.
Creo que no nos paramos a pensar en realidad en todas las
implicaciones que tiene someternos nosotros y nuestros hijos a cuantos hitos
consumistas aparezcan a lo largo del año: Los Reyes Magos, San Valentín, La
Pascua, San Patricio, El día de la madre, el día del padre, Halloween, Papá Noel
y la magia de la Navidad... Si tres años atrás intuía que cualquier niño puede
vivir la Navidad con una magia extraordinaria sin necesidad de contarle
mentiras, como si mi propio ejemplo no sirviese, desde hace dos años constato
sin lugar a dudas a través de mi hija que la magia de la Navidad existe dentro
de la emotividad de cada niño, y no dentro de los envoltorios de los
regalos.
Veo cómo con tan sólo un año y poco se quedaba embobada mirando los
ositos y los juguetitos de madera con que decoramos el árbol de Navidad, veo
cómo disfruta observando el movimiento de las luces del árbol y de las luces
del pesebre, cómo sonríe cuando cantamos villancicos, cómo baila mientras los
cantamos, cómo me pide dejar mucho tiempo los adornos de Navidad (¡la última vez
los quitamos por fin en marzo!), cómo ya me ha pedido una especie de calendario
de adviento pero para ir tachando los días que quedan para poder volver a casa
de los abuelos y estar todos juntos en familia (un calendario muy particular
porque además contiene dibujos de los trenes de ida y vuelta que utilizaremos
para el viaje, y los días que incluyen el dibujo de nuestra propia casa y los
días que incluyen el dibujo de la casa de los abuelos porque ya estaremos en
ella), cómo le emociona hasta la risa nerviosa el que nos sentemos todos en la
mesa grande a comer, cómo vuelve la cabeza emocionada hacia las canciones que salen en los anuncios de
Navidad (creo que se lo he contagiado yo), cómo disfruta yendo a buscar acebo para la casa, cómo va recorriendo las calles adornadas bailando de la
emoción al encontrar tantos colores y luces que le encantan..., el rojo es su
color favorito… ¿cómo no va a encontrar mágica la Navidad si en esas fechas
todo se viste de su color favorito?


